miércoles, 6 de mayo de 2026

Volví

Migré, crecí y amé 

Literalmente estoy redactando esto con mi celular porque en mi computadora no tengo ni la “ñ” ni la tilde. Cosas de cambiar de vida…

No sé por dónde empezar, he vivido tantas vidas en una que podría extenderme eternamente pero iré por pedazos. Ya tengo 26 años, me vine a vivir a Vancouver, Canadá con mi hermana y madre hace ya cuatro años y, ¡wow! Qué locura. 

Primero, migré, si, he aprendido tanto lo que es cambiar de vida que por momentos sólo quisiera no volver a cambiar nunca de lugar, idioma, clima o comida. Sin embargo, no, quiero conocer más, aprender más, tengo unas ganas irremediables de comerme el mundo (que he entendido es tan pequeño y enorme al mismo tiempo), quiero probar comida que nunca antes había probado, conocer amigos de corazón que vean cosas que yo nunca y me lo compartan con amor, con alegría. 

En el camino de migrar me he estrellado con mis miedos, mis falencias y mis malas mañas. Migrar es un camino sin vuelta atrás, aún cuando vuelvas a tu país no vuelve quien se fue, llega una versión radicalmente distinta y se encuentra perdida en un mundo al que antes reconocía como hogar. He logrado entender a mi corta edad algo gracias a migrar, nada es estático, nada es irremovible. Aún cuando he pasado por las viejas calles de mi hogar, ya no son iguales, yo ya no soy igual. Ahora hablo dos idiomas de manera fluida, mi comida favorita cambió, le tengo respeto a lo que tal vez muchas veces critiqué, y aunque sigo llorando mucho como antes, he aprendido a vivir el llanto como parte de la vida y no como el final de ella. Los cambios ya no me aterran, me transforman y como una oruga que se vuelve mariposa… cada cambio trae una nueva hermosa versión de mí. 

He crecido mucho gente. Soy más alta, si, no sé cómo pero lo soy. Y aunque, suene extraño, soy más grande. O sea, si, subí de peso, pero más allá de eso… soy alguien más grande tanto externa como internamente. Estudio todavía ingeniería ambiental, la carrera es hermosa, ahora la veo con más énfasis, más recursos y más complejidad (el post-COVID afectó). A lo que voy con todo esto es que mis pasiones ahora son más intensas, mis emociones más vivas y controladas, y mi perspectiva de la vida es aún más amplia… No podía ver más allá porque no había donde más ver. Vancouver me enseñó que siempre hay más que ver. Siempre.

Y amé, me enamoré perdidamente del hombre más hermoso que he conocido y sufrí. Me han amado también, he conocido gente fuera de Colombia que me ha amado tanto que sacrifican mucho por mí… amigos, parejas. Conocí lo que es el significado de la lealtad yéndome de mi país y me encanta entenderlo ahora gracias a mi familia y amigos. He conocido nuevas maneras de amar, he sentido cosas que nunca había sentido de una manera inexplicablemente preciosa, ojalá algún día les suceda. Y he aprendido tanto que la base del amor no es esperar nada a cambio sino dar lo que el corazón dice, que al final, todo el amor llega como recompensa. 

Mi manera de cerrar esta actualización sobre mi vida es esta… el amor me ha salvado estando lejos, me guía en la vida y me motiva a seguir. No hay fuerza que mueva de manera más honesta la humanidad que la del amor. Así que, migrar es un reto, enorme, y crecer, se precipita dejando casa, pero el amor te mantiene, te libera y te reconstruye.

No teman dejar casa, el mundo afuera es maravilloso. Amor siempre habrá para todos donde sea que estemos.

Gracias.